Sin cambios en el escenario cercano, a la espera en el lejano,
      es un importante y clarificador análisis de la coyuntura de Joxemari Olarra, publicado en GARA el 3 de noviembre de 2001.


      Joxemari Olarra
      Sin cambios en el escenario cercano, a la espera en el lejano

      Estamos viviendo una nueva situación histórica en lo mundial, tras los sucesos del 11 de septiembre, y otra vieja, de raíz histórica también, en lo más cercano. Por vez primera los EEUU han sufrido una acción de guerra en su territorio, con la muerte de un puñado de sus generales, lo que ha originado que Washington haya intentado desplazar el centro bélico lo más lejos posible de sus fronteras. No hay lugar más alejado de aquel imperio que las cordilleras de Afganistán y los barrios de Kabul. La pólvora quema y mucho, como bien lo deben conocer los estrategas del Pentágono.

      En la cercanía, sin embargo, las apuestas de Madrid y París con relación al conflicto abierto dentro de nuestras fronteras continúa por los mismos derroteros de siempre. Un hipotético parte de guerra apuntaría al «sin novedad en el frente». El generalito Aznar, con ese bigote que caracterizó a Franco, echaría el sello de validez, leería un par de líneas del último trabajo de su amigo Jon Juaristi para poder seguir los chistes de las tertulias y, con el pantalón del pijama calado hasta el sobaco atraparía al sueño (y no al revés, tal es la necedad hispana). La guerra de siempre, enquistada.

      España es una patria de guerras. Sus dirigentes anhelan la guerra para lograr avanzar en esa unificación inacabada a la que llaman «pacificación», en ese proyecto cuya única base sólida es la agresión. España se engrandece matando, acabando con sus vecinos, aplastando la excepción a la rojigualda. España aún riega y marca sus límites con los orines de los Reyes Católicos.

      Por eso, Aznar está contento. Duerme feliz como dormía su admirado Franco. EEUU y sus aliados están en guerra. Y la guerra es el estado natural de España, en donde Aznar rige con el voto de la mayoría de sus ciudadanos. Los halcones y los buitres planean satisfechos. Un nuevo festín se acerca. Esta es la triste realidad. Las perspectivas de un cambio en profundidad por parte del presidente hispano son directamente proporcionales a su coeficiente intelectual.

      Porque si la experiencia de los últimos años de Aznar ha sido especialmente dolorosa, metiéndose hasta el interior de nuestra casa, ordenando y mandando cómo y cuándo podíamos hacer las tareas de nuestro hogar, las últimas perlas han colmado los bordes imaginables.

      Aznar es un personaje patético y más patético aún es constatar que decide el destino de más de 40 millones de personas. Sus asesores de imagen han intentado presentarlo como un nuevo apóstol Santiago, en lucha contra el malvado vasco (árabe entonces). Para nosotros, en cambio, lo único cierto es que su actuación está cercana a los códigos que destilaba el personaje de Torrente. Sí, tal y como acertadamente han señalado algunos humoristas, Aznar y Torrente, son de la misma pasta. El nivel de uno y otro es tan parecido que pocos son los que se atreven a descubrir las diferencias. Es el superpolicía cutre, típicamente español, enfundado con su pistola y dispuesto a convertirse en el salvador, en el uncido por el dedo divino.

      A pesar de la comparación, el tema no tiene ningún otro chiste anexo. Aznar, que hace sólo unos meses vendía a diestro y siniestro a ésta como su última legislatura, prepara la continuidad. Como Torrente, en sus versiones I, II y... El sueño nocturno de Aznar es reiterativo: «España está en peligro por el separatismo y, por eso, España me necesita». La mediocridad de la clase política española es de tal magnitud que este mensaje será la clave de todo un período. Increíble pero cierto.

      Asentado este primer concepto, la siguiente clave será del mismo calibre: «Bush me necesita a su derecha para luchar contra el mal». Y Aznar recibirá, con toda probabilidad, el cetro de la continuidad. Conseguida la plasmación terrenal del designio físico, Aznar pedirá más competencias para apalearnos si piedad, para cebarse en Euskal Herria como un verdugo paranoico machaca a su víctima. Es la razón, con mayúsculas, de su existencia, y la de tantos otros.

      Es patético, asimismo, percibir los flancos de Aznar. Los socialistas españoles, rotos y desvertebrados, juegan a ser los perritos falderos del fascismo. La razón es notoria: el abismo de la desaparición les abruma sobremanera. Fuera de su sombra el vértigo es inmeso. Lo comprobamos día a día los disidentes de su nacionalismo. No hay piedad con la disidencia, sino todo lo contrario, saña. Tan lúgubre es la línea marcada por el PP, como la que firma con su alineamiento el PSOE. Aznar-Torrente tiene una razón más para repetir candidatura.

      Otra de las patas de este estancamiento está en las pestilencias españolas que tanto deslumbran a los halcones del PNV. Parece mentira que, después de tantos años, sigan cambiando oro por cuentas de vidrio, como los antiguos indígenas que recibieron al mercenario español. El oro de Euskal Herria está en nuestra juventud, en nuestra enorme capacidad de reafirmación, en todos y cada uno de los detalles que, cotidianamente, ofrecemos desprendidamente para hacer avanzar este nuestro pequeño país. Es el oro que entregan sumisamente a cambio de perfumes y un manojo de monedas. Y, con ellos, Aznar-Torrente tiene una razón más para repetir candidatura.

      España quiere la guerra, como Francia. Son países construidos sobre grandes cementerios, bajo la luna, diría el poeta, pero en la guerra no hay poesía. Aznar-Jospin hablan sólo con la pólvora, por muchas máscaras que se pongan. Animan a Bush a seguir aniquilando seres humanos, como quien lo hace en un vídeo-juego. Sanguinarios.

      Aznar prepara su terreno. Se ha vestido de caqui, de militar. Las amenazas han sido muy claras. Lanzará a su Ejército a sueldo, cruzará el Ebro y arrasará a quien se despegue de su fétida Constitución. Fusilará, encarcelará y, sin novedad en el frente, difamará. El terrorista por excelencia llamará terroristas a las víctimas. Como Bush a los niños de las escuelas bombardeadas en Kabul. En fin... nada nuevo bajo el sol.

      Por eso creo que desde la izquierda abertzale no podemos minimizar la situación en la que estamos sumergidos. Vivimos tiempos importantes, por los que da la impresión que pasamos de puntillas, como si no fueran con nosotros. Que el enemigo descoloque a uno es un mérito que hay que repartir entre aciertos y errores de unos y otros. Pero descolocarse por apatía es rodar por una cuesta peligrosa. Nuestras señas están más vigentes que nunca. Hay algo significativo que debemos explicar a los nuestros, hay algo trascendental que debemos decir al mundo.

      Si como parece el planeta va a vivir un futuro inmediato convulso, debemos buscar nuestro lugar. La experiencia nos demuestra que, en esas circunstancias, los cambios pueden ser profundos y espectaculares. Tenemos fuerzas, energía y mimbres suficientes. Aznar ya se ha colocado. Sigamos por nuestro camino, profundicemos en él, seamos atrevidos... pero no le perdamos de vista. A los torrentes de turno les deleita la guerra. *


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